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Algunos comentarios sobre “La rebelión de las masas” de Ortega y Gasset

Algunos comentarios sobre “La rebelión de las masas” de Ortega y Gasset

 Fernando López, Universidad de Lund, 2013

En primer lugar me gustaría destacar una interesante idea que se expresa en el prólogo:

1 EL LENGUAJE COMO MEDIO APROPIADO DE COMUNICACIÓN.

Ortega se plantea desde los primeros párrafos de su prólogo si realmente el leguaje sirve para comunicar lo que nos pasa por dentro, o más bien es un obstáculo para la comunicación, ya que se quedan más cosas sin decir que las que pueden ser dichas por medio de palabras.

En primer lugar debe considerarse que el lenguaje verbal es solamente una de las muchas maneras de comunicación de las que el ser humano dispone. Más allá de eso, hay que tener en cuenta la capacidad que cada uno de nosotros tiene para percibir y aprehender la realidad que nos rodea, pasando más tarde de un pensamiento basado en el mundo físico que nos circunda a otro que exprese conceptos e ideas abstractas[1]. Una vez que el hablante se apodera de esos conocimientos sensoriales y metafísicos le queda la enorme tarea de intentar expresarlos y exponerlos de manera clara y ordenada para que sus posibles oyentes puedan entenderlos.

En este titánico esfuerzo mental que supone la comunicación verbal –y que demasiadas veces se aprecia como un automatismo físico similar al acto de rascarse la nariz al sentir un picor, y sin embargo es lo que más nos diferencia del resto de seres vivos– entran dos “agentes externos” que no podemos controlar y por ello dificultan el éxito de dicha empresa.  El primero es la materia prima de la comunicación: las palabras y sus posibilidades combinatorias de las que nuestro idioma nos posibilita. En el mejor de los casos un término puede reflejar al 100% el significado de nuestro pensamiento, pero ese caso no es lo más frecuente –al juzgar las afirmaciones de Ortega–, lo normal es que las palabras se aproximen bastante a nuestros pensamientos y siempre se quede algo, algún matiz, sin ser expresado de manera exacta. Ante eso algunos filósofos han tomado la responsabilidad de crear nuevos términos, desde Platón y Aristóteles en la lengua griega, pasando por Cicerón para el latín, y desembocando en los filósofos alemanes del neoclasicismo y los filósofos del lenguaje del siglo XX, como Bühler, Bajtin o Vigotsky.

Una vez superada con mayor o menor éxito la barrera de elegir las palabras más adecuadas para expresar nuestras ideas, nos encontramos con el problema de si el receptor de nuestro mensaje podrá entender y asimilar el mismo. Para que ello se produzca es preciso que en primer lugar él tenga las mismas herramientas estructurales –o más– que nosotros y en segundo lugar que esa encadenación de palabras adquiera para él el mismo significado que para el emisor. Ya que el mismo mensaje puede ser entendido de tantas maneras distintas como oyentes lo reciban, en el peor de los casos para el emisor[2].

Solo en ese caso, suponiendo que los tres factores (dominio del lenguaje, elección de términos y encadenación correcta de los mismos, y correcta recepción por parte del receptor) coincidan de manera satisfactoria, estamos en condiciones de decir que el acto comunicativo ha cumplido su objetivo, es decir, la comunicación ha sido exitosa. Algo tan complejo, y que los hablantes dan por seguro sin pararse a pensar en ello ni un segundo al día, es para un filósofo como Ortega uno de los mayores problemas con los que la reza humana debe toparse diariamente y que condiciona –y ha condicionado siempre– el desarrollo de la humanidad por medio del intercambio de ideas de unos individuos a otros.

2 LOS ESTADOS UNIDOS DE EUROPA Y SU DECADENCIA. SUS CAUSAS.

Otra idea interesante es la de que de facto ya existan en su tiempo unos Estados Unidos de Europa, que en algún momento del futuro se unirán pues la homogeneidad de sus instituciones y pensamientos les lleva irremediablemente a ello.

Sin embargo hay demasiados europeos que no piensan, y no saben ni siquiera sus raíces, se tragan cualquier falacia que leen o escuchan. Son tremendamente egoístas, tienen “sólo apetitos, cree que tiene solo derechos y no cree que tienen obligaciones: es el hombre sin la nobleza que obliga –sine nobilitate–, snob”. Se comportan como masa hueca, odian el liberalismo porque “La libertad ha significado siempre en Europa franquía para ser el que auténticamente somos. Se comprende que aspire a prescindir de ella quien sabe que no tiene auténtico quehacer”.

Ortega es partidario de una supernación europea pero como suma de las particularidades ya existentes, que la enriquecen. La uniformidad de pensamiento y costumbres sería una sentencia de muerte para el continente.

“¿Qué resulta? Europa había creado un sistema de normas cuya eficacia y fertilidad han demostrado los siglos. Esas normas no son, ni mucho menos, las mejores posibles. Pero son, sin duda, definitivas mientras no existan o se columbren otras. Para superarlas es inexcusable parir otras. Ahora los pueblos-masa han resuelto dar por caducado aquel sistema de normas que es la civilización europea, pero como son incapaces de crear otro, no saben qué hacer, y para llenar el tiempo se entregan a la cabriola. Esta es la primera consecuencia que sobreviene cuando en el mundo deja de mandar alguien: que los demás, al rebelarse, se quedan sin tarea, sin programa de vida”.

Al principio el liberalismo inglés del s. XVIII fue el comienzo de la época dorada de Europoa.

El “buen” liberalismo es el que nació en Inglaterra en el s.XVIII[3], en el XIX nació el colectivismo en Francia y se esparció por toda Europa. Algunos como Mills y Spencer en el XIX también trataron de defender las ideas del viejo liberalismo, pero lo hicieron con terminología y dentro de un contexto colectivista por eso no supieron hacerse entender del modo en el que deseaban y la sociedad los juzgo como “locos retrógrados”. Ortega defiende ese liberalismo primigenio basado en las libertades individuales frente a otros individuos, y no frente a la sociedad –el error de Spencer–. La sociedad está ya sobreentendida e incluida cuando se habla de dos o más individuos, por lo tanto no es necesario –ni inteligente– oponerla a “un” individuo. No son entidades comparables.

Las masas tienen la culpa de la decadencia de Europa

En el prólogo para los franceses  aparece la expresión “rebelión de las masas” y así la define:

“El politicismo integral, la absorción de todas las cosas y de todo el hombre por la política, es una y misma cosa con el fenómeno de rebelión de las masas que aquí se describe. La masa en rebeldía ha perdido toda capacidad de religión y de conocimiento. No puede tener dentro más que política, una política exorbitada, frenética, fuera de sí, puesto que pretende suplantar al conocimiento, a la religión, a la sagesse -en fin, a las únicas cosas que por su sustancia son aptas para ocupar el centro de la mente humana-. La política vacía al hombre de soledad e intimidad, y por eso es la predicación del politicismo integral una de las técnicas que se usan para socializarlo”.

Esta sociedad ha producido al hombre-masa, que no puede hacer nada por sí mismo, ni siquiera pensar en sí mismo, porque no tiene “espacio” está metido en la masa que come su voluntad y la convierte en un anhelo común para ser un hombre standard.

Otra definición psicológica del hombre-masa (XI):

“Si atendiendo a los efectos de vida publica se estudia la estructura psicológica de este nuevo tipo de hombre-masa, Se encuentra lo siguiente: 1-una impresión nativa y radical de que la vida es fácil, sobrada, sin limitaciones trágicas; por lo tanto, cada individuo medio encuentra en sí una sensación de dominio y triunfo que, 2- le invita a afirmarse a sí mismo tal cual es, dar por bueno y completo su haber moral e intelectual. Este contentamiento consigo le lleva a cerrarse para toda instancia exterior, a no escuchar, a no poner en tela de juicio sus opiniones y a no contar con los demás”.

“Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo -en bien o en mal- por razones especiales, sino que se siente «como todo el mundo» y, sin embargo, no se angustia, se siente a sabor al sentirse idéntico a los demás”.

Hay en Ortega pues un sentimiento fuerte de moralidad, el hombre tiene que aspirar a más, a mejorarse constantemente. Los satisfechos cavan su propia tumba, mientras que las civilizaciones que progresan son aquellas que construyen constantemente sobre los cimientos de las anteriores.

Según Ortega, para formar parte de una minoría, primero hay que tener consciencia de que se es distinto a la mayoría. Las minorías se forman por conciencias individuales con anhelos semejantes que concuerdan en su distinción de la masa. Las personas que se exigen más se convierten en minorías selectas, mientras que los que no se exigen nada se convierten en masa.

Para Ortega la masa ha ocupado el terreno de las minorías selectas que antes gobernaban, tomaban decisiones culturales, militares, científicas en favor de toda la sociedad, pero ahora que la masa ha tomado el lugar de la toma de posiciones también se ha llegado a una hiperdemocracia en la que la gran masa inculta puede decidir no solo sobre sí misma sino también sobre las minorías selectas mucho mejor preparadas intelectualmente. Eso pone en riesgo la sociedad europea construida sobre los pilares del liberalismo tradicional.

Ortega redunda en esa idea de que la masa ha arrebatado a las minorías su poder, sus costumbres y sus pertenencias físicas.

Ortega es un pensador de ideología aristocrática y orgulloso de ella:

“a mí, de quien es notorio que sustento una interpretación de la historia radicalmente aristocrática. Es radical, porque yo no he dicho nunca que la sociedad humana deba ser aristocrática, sino mucho más que eso. He dicho, y sigo creyendo, cada día con más enérgica convicción, que la sociedad humana es aristocrática siempre, quiera o no, por su esencia misma, hasta el punto de que es sociedad en la medida en que sea aristocrática, y deja de serlo en la medida en que se desaristocratice. Bien entendido que hablo de la sociedad y no del Estado”.

Acerca de la educación:

La razón de que las masas controlen ahora la vida pública en Europa y América es:

“El triunfo de las masas y la consiguiente magnífica ascensión de nivel vital han acontecido en Europa por razones internas, después de dos siglos de educación progresista de las muchedumbres y de un paralelo enriquecimiento económico de la sociedad”. Y sigue “En el sufragio universal no deciden las masas, sino que su papel consistió en adherir a la decisión de una u otra minoría”. {…}“El hombre-masa es el hombre cuya vida carece de proyecto… por eso no construye nada, aunque sus posibilidades, sus poderes sean enormes”.

Sin embargo, no explica ni desarrolla una argumentación acerca de esa “eduación progresista”, es más, durante la lectura del texto, como lector crítico, echo en falta una explicación argumentada de cómo esas masas han adquirido el poder, y de qué manera lo ejercen para “coaccionar” o convencer a los representantes políticos de que dirijan la sociedad hacia donde ellas quieren. Ortega sólo contribuye con afirmaciones severas de un modelo de sociedad sin una explicación del sistema en sí.

También, por otra parte, me extraña que hable de la nueva generación masa como unos niños malcriados que lo han tenido todo desde su nacimiento y no se preocupan por el  bienestar del prójimo sino por ellos mismos sin ideales, viven en la inercia del consumismo de su vida standard. Sin embargo estos artículos se escriben a 10 años del final de la Primera G.M. y a unos 5 años de la llegada de la crisis americana a Europa. La sociedad europea había conocido definitivamente, sobre todo en el ámbito moral y cultural tiempos mucho mejores. En mi opinión el avance técnico, como única razón, no justifica la visión que aporta Ortega.

Se percibe en toda la obra un tono apocalíptico acerca de la visión del futuro que le espera a esta sociedad de masas que no atienden a ningún principio de autoridad ni se dejan gobernar por las minorías selectas.

En XIII resume algo su pensamiento así:

“En una buena ordenación de las cosas publicas, la masa es lo que no actúa por sí misma. Tal es su misión. Ha venido al mundo para ser dirigida, influida, representada, organizada -hasta para dejar de ser masa o, por lo menos, aspirar a ello-. Pero no ha venido al mundo para hacer todo eso por sí. Necesita referir su vida a la instancia superior, constituida por las minorías excelentes”. {…} “Porque no se trata de una opinión fundada en hechos más o menos frecuentes y probables, sino en una ley de la «física» social, mucho más inconmovible que las leyes de la física de Newton. El día que vuelva a imperar en Europa una autentica filosofía – única cosa que puede salvarla- se volverá́ a caer en la cuenta de que el hombre es, tenga de ello ganas o no, un ser constitutivamente forzado a buscar una instancia superior. Si logra por sí mismo encontrarla, es que es un hombre excelente; si no, es que es un hombre-masa y necesita recibirla de aquel”.

Ojo al dato, “vuelva a imperar”, ¿Cuándo fue la primera o la última vez que esto fue así? ¿Y qué podemos aprender de esa etapa y de cómo se terminó con ella? Ahí debería centrar su discurso en lugar de dar cien vueltas al mismo concepto de decadencia social de retrato psicosocial de la masa. Se hace difícil entablar un “diálogo” con el autor porque no sale de esas opiniones dogmáticas, sin aportar datos o análisis de causas detalladas, desarrollos históricos y consecuencias observables y medibles en la sociedad de su época.

La razón histórica

La razón (o el pensamiento) histórica. Otra idea fundamental de Ortega es que el hombre debe aprender del pasado para poder manejarse correctamente en el presente, afirma que los políticos del s.XX saben menos historia que los del XIX, XVIII e incluso XVII, y que los grandes avances del s.XIX fueron fruto de ese saber histórico, sin embargo en la actualidad “A este abandono se deben en buena parte sus peculiares errores, que hoy gravitan sobre nosotros”. Pero no enumera esos errores, se queda a mitad de camino en sus ideas, una vez más.

Y quien tiene la culpa…

En (XII) comienzan a señalarse culpables con el dedo:

“¿Quién ejerce hoy el poder social? ¿quién impone la estructura de su espíritu en la época? Sin duda, la burguesía. ¿Quién, dentro de esa burguesía, es considerado como el grupo superior, como la aristocracia del presente? Sin duda, el técnico: ingeniero, médico, financiero, profesor, etcétera, etc. ¿Quién, dentro del grupo técnico, lo representa con mayor altitud y pureza? Sin duda, el hombre de ciencia”.

¿Cómo se ha llegado a esto?

“El caso es que, recluido en la estrechez de su campo visual, consigue, en efecto, descubrir nuevos hechos y hacer avanzar su ciencia, que él apenas conoce, y con ella la enciclopedia del pensamiento, que concienzudamente desconoce. ¿Cómo ha sido y es posible cosa semejante? Porque conviene recalcar la extravagancia de este hecho innegable: la ciencia experimental ha progresado en buena parte merced al trabajo de hombres fabulosamente mediocres, y aun menos que mediocres. Es decir, que la ciencia moderna, raíz, y símbolo de la civilización actual, da acogida dentro de sí al hombre intelectualmente medio y le permite operar con buen éxito”. {…} “Esta es la situación íntima del especialista, que en los primeros años de este siglo ha llegado a su más frenética exageración. El especialista «sabe» muy bien su mínimo rincón de universo; pero ignora de raíz todo el resto”.

“La advertencia no es vaga. Quienquiera puede observar la estupidez con que piensan, juzgan y actúan hoy política, en arte, en religión y en los problemas generales de la vida y el mundo los «hombres de ciencia», y claro es tras ellos, médicos, ingenieros, financieros, profesores, et cétera. Esa condición de «no escuchar», de no someterse a instancias superiores que reiteradamente he presentado como característica del hombre-masa, llega al colmo precisamente en estos hombres parcialmente cualificados Ellos simbolizan, y en gran parte constituyen, el imperio actual de las masas, y su barbarie es la causa inmediata de la desmoralización europea”.

Creo que el señor Ortega aquí está hablando demasiado de algo que desconoce. Todos esos avances técnicos del s.XIX que ha alabado en varias ocasiones no hubieran sido posibles sin el hombre de ciencia, y él mismo sabe también que la filosofía –en especial la alemana y la inglesa– experimentó en esos mismos años unos enormes avances. Puede que en esta ocasión el bosque no deje ver los árboles a nuestro autor. Los hombres de ciencia poco tienen que ver con el declive moral de la sociedad sino más bien con los avances tecnológicos de los que ella se aprovecha –para bien o para mal, eso ya es otra cuestión–. Pueden ser una parte del problema como individuos “modernos”, pero no representan el paradigma de hombre masa, que él ha definido anteriormente, entre otras cosas, por ese anhelo de superación que suele mover a los científicos.

El “Epílogo para ingleses” es un ensayo sobre el papel de Inglaterra en la sociedad Europea, un análisis pseudohistórico y sociológico, pero Ortega vuelve a quedarse a medio camino en la exposición y sistematización de sus ideas. Dice:

“Sin embargo, el libro de Dawson es insuficiente. Está escrito por una mente alerta y ágil, pero que no se ha liberado por completo del arsenal de conceptos tradicionales en la historiografía, conceptos más o menos melodramáticos y míticos que ocultan, en vez de iluminarlas, las realidades históricas. Pocas cosas contribuirán a apaciguar el horizonte como una historia de la sociedad europea, entendida como acabo de apuntar, una historia realista, sin «idealizaciones». {…} La historia que yo postulo nos contaría las vicisitudes de ese espacio humano y nos haría ver cómo su índice de socialización ha variado, cómo en ocasiones descendió gravemente haciendo temer la escisión radical de Europa, y sobre todo cómo la dosis de paz en cada época ha estado en razón directa de ese índice”.

Pero él no nos cuenta esa “historia” solamente la propone como posible solución sin exponer sus rasgos o datos nuevos que servirían para cambiar el rumbo de esta “enferma sociedad”.

A continuación suelta otra idea pero no la desarrolla, anuncia una solución pero la esconde inmediatamente:

“A fuer de sociedad, estaba constituida por un orden básico debido a la eficiencia de ciertas instancias últimas: el credo intelectual y moral de Europa. Este orden que, por debajo de todos sus superficiales desórdenes, actuaba en los senos profundos de Occidente, ha irradiado durante generaciones sobre el resto del planeta, y puso en él, mucho o poco, todo el orden de que ese resto era capaz.

Pues bien: nada debiera hoy importar tanto al pacifista como averiguar qué es lo que pasa en esos senos profundos del cuerpo occidental, cuál es su índice actual de socialización, por qué se ha volatilizado el sistema tradicional de «vigencias colectivas», y si, a despecho de las apariencias, conserva algunas de éstas latente vivacidad”.

Pero Ortega no responde a esa pregunta, una vez más. Y le echa cara dura al decir: “El anterior diagnóstico, aparte de que sea acertado o erróneo, parecerá abstruso. Y lo es, en efecto. Yo lo lamento, pero no está en mi mano evitarlo”.

El mismo dice con sus propias palabras lo que el libro “La rebelión de las masas” pretende: “En el libro The Revolt of the Masses, que ha sido bastante leído en lengua inglesa, propugno y anuncio el advenimiento de una forma más avanzada de convivencia europea, un paso adelante en la organización jurídica y política de su unidad”. O sea, “propugno y anuncio” pero no “analizo, expongo, sistematizo, explico…” que es lo que sería de agradecer, en mi opinión. Ortega es muy bueno para ver y exponer los problemas que el entiende existen en la sociedad, pero no expone en ningún caso con detalles la solución a esos males.

3 LA CRISIS DEL IMPERIO ROMANO Y DEL LATÍN COMO SÍMBOLO.

Con el paso del latín clásico que conservaba una “sabrosa complejidad indo-europea” al latín vulgar “plebeyo, de mecanismo fácil, pesadamente mecánico, de gramática balbuciente, infantil” se condenó el hombre medieval a vivir una vida “evacuada de sí misma, desolada”. Aquí vuelve a la idea de que el lenguaje no es un instrumento válido para expresar el razonamiento ni el sentir humanos. Pero en mi opinión ensalza de manera romántica e infundada el latín clásico (e indoeuropeo) frente a las lenguas romances, como escoria salida del mineral precioso. Esto lo corrobora la teoría lingüística actual.

“El latín vulgar está ahí en los archivos, como un escalofriante petrefacto, testimonio de que una vez la historia agonizó bajo el imperio homogéneo de la vulgaridad por haber desaparecido la fértil «variedad de situaciones[4]»” En mi opinión es precisamente al contrario, el latín vulgar –y otras variedades del latín no clásico– representan esa variedad, mientras que el latín clásico, si alguna vez se llegó a hablar era uniforme. Otra cuestión es si un idioma está mejor capacitado para expresar los razonamientos/sentimientos del ser humano que otro.

Otra salida de pata de banco acerca del derrumbe del Imperio Romano es: (en X) “El Imperio romano finiquita por falta de técnica. Al llegar a un grado de población grande y exigir tan vasta convivencia la solución de ciertas urgencias materiales que sólo la técnica podía hallar, comenzó el mundo antiguo a involucionar, a retroceder y consumirse”.

“La historia del Imperio romano es también la historia de la subversión, del imperio de las masas, que absorben y anulan a las minorías dirigentes y se colocan en su lugar. Entonces se produce también el fenómeno de la aglomeración, del lleno”. Esto es dudoso, al menos no se puede afirmar así tan a la ligera, creo yo.


[1] Lo que en el pensamiento occidental se ha venido llamando ”logos”, desde el diálogo platónico ”Crátilo”. Y de donde nace la ”lógica” como disciplina filosófica.

[2] Esta idea podría emparejarse con el término “perspectivismo” dentro del sistema filosófico de Ortega.

[3] “La forma que en política ha representado la más alta voluntad de convivencia es la democracia liberal. Ella lleva al extremo la resolución de contar con el prójimo y es prototipo de la «acción indirecta». El liberalismo es el principio de derecho político según el cual el poder público, no obstante ser omnipotente, se limita a sí mismo y procura, aun a su costa, dejar hueco en el Estado que él impera para que puedan vivir los que ni piensan ni sienten como él, es decir, como los más fuertes, como la mayoría. El liberalismo -conviene hoy recordar esto- es la suprema generosidad: es el derecho que la mayoría otorga a la minoría y es, por lo tanto, el más noble grito que ha sonado en el planeta. Proclama la decisión de convivir con el enemigo: más aún, con el enemigo débil. Era inverosímil que la especie humana hubiese llegado a una cosa tan bonita, tan paradójica, tan elegante, tan acrobática, tan antinatural. Por eso, no debe sorprender que prontamente parezca esa misma especie resuelta a abandonarla. Es un ejercicio demasiado difícil y complicado para que se consolide en la tierra”.

[4] Cita de Humboldt, acerca de la bonanza para el desarrollo de la humanidad que supone esa variedad.

Fernando López, universidad de Lund, 2013


1 Comentario

  1. Pedro de Felipe dice:

    interesante Fernando… realmente interesante… digno de mencion…

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